Banquete mexicano

Ya que estamos en plena Feria del Libro, nuestra entrada de hoy la dedicamos, como no podía ser de otra forma, a la literatura.

El libro que estoy leyendo me enganchó desde el principio. Es del cubano Leonardo Padura y se titula El hombre que amaba a los perros.

Me gusta por tres razones fundamentales:

1.- Por la documentación histórica que aporta.

2.- Por la sabiduría que demuestra el autor al ir intercalando capítulos con las historias de los tres personajes fundamentales: Liev Davídovich (Trostki), Ramón (Ramón Mercader) e Iván (el narrador, probablemente el propio Padura).

3.- Porque narra los hechos históricos encarnados en las personas que los protagonizaron, dándoles la dimensión humana necesaria para convertir la narración en novela.

Os cuento esto porque me he encontrado con un párrafo que tiene mucho que ver con Leduet. Cuando Trostki llega a México, lo reciben algunos amigos, entre ellos Frida Kahlo, con un espléndido banquete:

“Los vinos franceses y el rudo tequila mexicano ayudaron a Liev Davídovich y a Natalia en el empeño de saltar del mole poblano a las puntas de filete a la tampiqueña, del pescado a la veracruzana a la consistencia rugosa de las tortillas, coloreadas y enriquecidas con pollo, guacamole, ajíes, jitomates, frijoles refritos, cebollas y cerdo asado al carbón, todo salpicado con el fogoso chile que clamaba por otra copa de vino o un trago de tequila capaces de aplacar el incendio y limpiar el camino hacia la degustación de aquellas frutas (mangos, piñas, zapotes, guanábanas y guayabas) pulposas y dulces, insuperables para coronar el festín de unos gustos europeos deslumbrados por texturas, olores, consistencias y sabores que se revelaban exóticos para ellos. Abrumados por aquel banquete de los sentidos, Liev Davídovich descubrió cómo sus prevenciones se esfumaban y la tensión dejaba paso a una invasiva voluptuosidad tropical capaz de arroparlo en una molicie benéfica que su organismo y su cerebro agotados recibieron golosamente, según escribió”.

Como podéis comprobar, la escritura de Padura no tiene desperdicio, y la contribución benéfica de una buena comida en compañía de amigos es la mejor medicina para levantar el ánimo.

Espero que S. Lasal nos proporcione algunas de estas apetitosas recetas, M. Depapel nos dé ideas para decorar la mesa a la mexicana y A. Denota nos inspire con algún corrido.

Ahí os dejo unas cuantas propuestas: leer el libro de Padura (lo recomiendo vivamente a todos aquellos que os guste la historia), un viajecito a México y, si el presupuesto no alcanza, una cenita en un buen restaurante mexicano. Pero lo mejor es que os atreváis con las recetas que pronto aportaremos e invitéis a vuestros amigos a probarlas.

P. Delíber

Desayuno en “La montaña mágica”

Las obras literarias nos proporcionan muchas referencias gastronómicas, por lo que la literatura clásica es una fuente inagotable para conocer las costumbres de nuestros antepasados en cuanto a lo que a la mesa se refiere. Sabemos que nuestros abuelos, en general, comían mucha más cantidad que nosotros, y buena prueba de ello es el desayuno que describe Thomas Mann en La montaña mágica.

Cuando Hans Castorp va a visitar a su primo Joachim al sanatorio de Davos, en plenos Alpes suizos, se queda asombrado de la alimentación que allí se suministraba:

“…dejaron los abrigos en el guardarropa, a la entrada del comedor. Luego entraron en la sala clara, de techo ligeramente abovedado, donde bordoneaban las voces, sonaba la vajilla y las criadas iban y venían llevando tazones humeantes… Hans Castorp se sentó y observó con satisfacción que el desayuno se consideraba una comida importante. Había tarros de mermelada y miel, bandejas de arroz con leche y flor de avena, platos de huevos duros y fiambre. La mantequilla figuraba en abundancia. Alguien alzó una campana de vidrio bajo la que rezumaba un queso de Gruyère para cortar un pedazo. Un frutero con frutas frescas y secas se alzaba en el centro de la mesa. Una criada vestida de blanco y negro preguntó a Hans Castorp qué deseaba tomar: cacao, café o té…”

Ciertamente, este desayuno tampoco es muy distinto a los que tomamos cuando vamos a esquiar y necesitamos una buena dosis de energía para aguantar todo el día en las pistas.

Si no habéis leído el libro, os lo recomiendo, aunque os advierto que son casi mil páginas de buena literatura.

P. Delíber